El cansancio que no se cura con descanso

Trabajar. Ejercitarse. Comer bien. Salir con amigos. Responder los mensajes. Ser productivo. Ser presente. Ser suficiente.

Hay algo agotador en la lista — y no es la lista en sí, sino la sensación de que nunca termina. De que por más que se haga, siempre queda algo pendiente. No una tarea, sino una versión mejor de uno mismo que todavía no se ha alcanzado.

El cansancio contemporáneo tiene una cualidad particular: no se va con descanso. Puedes dormir el fin de semana entero, irte de vacaciones, desconectarte — y regresar igual de agotado. Porque no es un cansancio del cuerpo. Es el cansancio de alguien que lleva demasiado tiempo rindiéndole cuentas a una versión de sí mismo que el mundo diseñó, no él.

Vivimos en una época que disfrazó la exigencia de libertad. Nadie te obliga — tú eliges trabajar más, optimizarte, mejorar. Pero esa libertad tiene un peso silencioso: si no lo logras, la responsabilidad también es tuya. El sistema no falla. Tú fallaste.

Y en ese ciclo interminable de hacer, producir y rendir, algo se va perdiendo lentamente. No es la energía — es la conexión con uno mismo. Con lo que genuinamente se quiere, se siente, se es. El ruido del rendimiento es tan constante que ya no se distingue de la propia voz.

El descanso verdadero no es la ausencia de actividad. Es la presencia de uno mismo.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo sin que tuviera que servir para algo?

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